El Río Segura a su paso por Murcia El Segura a su paso por Murcia

 

 

 

 

 

EL RÍO AQUEL. (EL SEGURA A SU PASO POR MURCIA)

Andrea Navagiero, en su libro "Viaggio in Ispagna", editado en Venecia el año 1754, dice que fue Cayo Plinio Segundo, llamado Plinio el Viejo, que, durante su estancia en la Bética como Procurador del Erario, año 74 de nuestra Era, realizó un amplio estudio sobre los Ríos nacidos en la Tingesi Altu, dando el nombre de Tader al que luego sería denominado Río Blanco, por los árabes, que no es otro que nuestro Río Segura, de donde la Tigesi Altu vendría a ser Sierra del Segura. Bien sea Tader o Segura. Río Blanco, a decir por los árabes, largos años en nuestra tierra, lo que no cabe duda es que ahora, hoy, los mismos que lo bautizaron con el nombre de Río Blanco por el color de sus aguas, le llamarían Río Negro, por la suciedad de las mismas y por la escasa transparencia de ellas.

Un río que tiene un curso de 340 kms y riega parte de las provincias de Jaén, Albacete, Murcia y Alicante, hasta Guardamar, donde desemboca en el Mediterráneo.

El Segura, a su paso por Murcia, acaso no llegue a los tres kilómetros, desde el Golgo hasta la curva dela Azacaya, que viene a ser el trozo de río que lame parte dela zona urbana de la capital.

El Golgo, que es -o era- un recodo o remanso, con arenas en la margen izquierda del río, era visitado, con cierta frecuencia, por los muchachos y jóvenes de los años veinte al cuarenta. Se hallaba las mismas espaldas del Colegio de Maristas del Malecón y era utilizado a modo de playa, por sus arenas, remanso y ensanche del cauce, aunque tenía su peligro, en ciertos remolinos y en las corrientes que se originaban en la margen derecha.

Por esta margen, por la derecha, el río lamía las paredes o tapias del Cuartel Jaime I el Conquistador, los cañizares o cañares que seguían a estas paredes, las dependencias del viejo matadero, luego, depósito de la limpieza usaban y, en este viejo matadero, el feo depósito del agua del servicio público y los muros de contención, en ambas orillas, construidos por el ingeniero militar Sebastián de Feringán, en la mitad del siglo XVIII.

A ambos lados del Puente Viejo  o de los Peligros, se hallaban los molinos, el de Roque y el de la calle del Älamo, junto a los otros que ahora son Museo Municipal. Pero, en torno a los molinos de Poniente, según se ira desde el citado Puente, se vino en construir la desaparecida, hace años, Casa de Socorro, que luego sería Guardería Infantil, y el Club de Remo, junto al azud, por cuyas aguas limpias saltaban las carpas queriendo ir contra corriente.

En la otra orilla, desde el Colegio de Maristas hasta el azud, rozaba los huertos y la parte trasera de los bellos chalets, construidos en la margen del camino que conduce a la Albatalía y la Arboleja. El Río se quedaba encajonado entre los muros de contención, construidos según proyecto el citado ingeniero militar Feringán. A una orilla los molinos -hoy Museo- y a otra la Glorieta, el Ayuntamiento, Palacio Episcopal, el Parque de Ruiz Hidalgo y la Mota, con los viejos y derribados merenderos del Margarito y la taberna en la que por diez céntimos podía pasar la noche cualquier mendigo.

Pero el río de transparentes y límpias aguas, de corriente mansa y sumisa, menos en los días de la riada, también tenía su isla, la de las Ratas, por la cantidad de roedores que la habitaban, los cuales a nado, lentamente, apaciblemente, se situaban en los molinos o se metían e las desembocaduras delos alcantarillados, para luego aparecer  por las bocas del mismo, en la justa mitad de la ciudad, antes de que se llevasen a cabo campañas de desratización.